Torres

Opinión

Torres: la polémica sin fin

Tras la opinión de Luis Bruno, (ver: ¿A quién le sirven las torres en la ciudad? http://dld.bz/df5FCdecano electo de la FADU-UBA, acerca de la proliferación de torres en Buenos Aires, dos arquitectos responden a sus críticas. Argumentan, entre otras cosas, que sus dichos son una mala señal para el mercado. 

En la edición de ARQ del último día de 2013, el arquitecto Luis Bruno, decano electo de la FADU/UBA, dio su parecer acerca de la proliferación de torres de perímetro libre en la CABA, lo cual dio lugar a las respuestas de Muzon y Tabakman que aparecen más abajo. 

Una idea que ya fracasó
Por Claudio Muzon*

Luego de leer la opinión publicada en el último número de ARQ por parte del decano de la FADU, quisiera hacer algunas observaciones. En primer lugar, es cierto que deben replantearse muchas de las normas que regulan el tejido urbano de la CABA y las que atañen a la construcción de los edificios. Esas regulaciones son muchas veces generadoras de problemas que luego requieren de mucho tiempo (generaciones) para ser corregidos. Creo que la idea de incorporar a lo público el espacio intersticial de las torres –como propone Bruno– ya fue ensayado por los urbanistas de las décadas de los años 60 y 70, dejando huellas que aún estamos sufriendo desde lo urbano y lo social. Por ejemplo, el Barrio Nicolás Avellaneda, en Dock Sud, que fue ideado para trasladar a los habitantes de Villa Tranquila. Un propósito no concretado, ya que allí terminó mudánose población extravilla. Los problemas que surgieron a partir de su planificación pusieron al descubierto errores que no fueron apreciados desde lo teórico y que estallaron en la praxis. Por ejemplo, la conformación de los departamentos, con errores de funcionamiento, la aparición de conectores que unían de a tres las torres y generaron problemas de movilidad a los adultos mayores, hasta el problema más grave del conjunto: tratar al cero como superficie común de todas las torres, sin acuerdo de “propiedad” para cada una de ellas. Es decir, el espacio es público, integrado, sin propiedad privada. Tierra de nadie, ese fue el resultado de la intervención.

La idea del arquitecto Bruno va en la misma línea de la acumulación de agua de lluvia, la de instalar grupos electrógenos, de aumentar impuestos a mansalva. Y que los privados se hagan cargo de los defectos de los administradores del estado. En esa misma vía están los que gritan que se deje de construir porque “la ciudad no está preparada”. Si en el inicio de la construcción de la infraestructura de Buenos Aires se hubiese pensado así, hoy sólo vivirían en la ciudad los nietos de la oligarquía vacuna.

Además del caso que cita Bruno sobre la Av. Juan B. Justo para ejemplificar la falta de reglas, hay otro sobre la misma calle, en su prolongación con Bullrrich, un gran espacio residual del ferrocarril que se entregó a una congregación religiosa, perdiendo una gran oportunidad para integrar a la ciudad una mayor superficie verde pública de la que carecemos. Allí falló el Estado.  Las cicatrices, los límites, la carencia de espacios verdes, deben superarse con imaginación y realis-mo. Los que debemos estar a la altura de las circunstancias somos los diseñadores, los gobernantes y los desarrolladores. Los vecinos no deberán convalidar proyectos poco razonables. No podrán las pró-ximas generaciones vivir en ciudades amigables si se pretende que la infraestructura dure 100 años sin ampliarla y mantenerla.

* El autor es Profesor Adjunto de Instalaciones III (FADU/UBA)

Una postura al menos inoportuna
Por Damián Tabakman*

En este mismo suplemento, el decano de la FADU escribió un artículo ennarboládose bajo la bandera del movimiento antitorres, a partir de lo cual no puedo más que decir: “Estamos en el horno”. A su juicio, las torres que los colegas hacen y el mercado pondera, generan un enorme daño ambiental, social y urbano, depredan el tejido y la calidad de vida de la ciudad, y son enormes mamotretos, verdaderos engendros urbanos. Para el arquitecto Luis Bruno, por donde se las mire, las torres hacen agua. Y a continuación propone, entre otras cosas, que las plantas bajas con amenities sean espacios de uso público. Con una línea argumental similar hemos padecido en Buenos Aires el recordado “cepo urbanístico”. Se siguen paralizando obras, aun con planos aprobados, con la consecuente inseguridad tal que coloca a la CABA como el distrito con mayor caída proporcional en permisos de edificación a nivel país. En varias ciudades del interior, hoy se construye más que nunca, mientras el mercado inmobiliario porteño está virtualmente muerto. La macroeconomía y la política ponen lo suyo, pero su impacto no es homogéneo a nivel nacional.

La torre es una tipología que se usa en todo el mundo, con mejores y peores experiencias, y mezclada con el resto de la urbe, genera un paisaje urbano cuya valoración subjetiva es al menos opinable. Hay quien puede preferir los edificios apareados con alturas homogéneas, y hay quien puede encontrar valor en la diversidad volumétrica, hecha con criterio y buen gusto. El mercado, por ejemplo, valora las torres y le asigna precios más elevados. Esto no refleja una verdad absoluta pero tampoco un error garrafal, ni derecho a que quien como arquitecto esté dispuesto a proyectar algo que la gente pondera, sea calificado por el decano como productor de engendros y mamotretos depredadores del tejido urbano. No objeto la postura del artículo. Acepto, aunque no comparto, esa visión sobre las torres. Pero dicho por el decano respecto de un tema sensible para quienes trabajan en la industria de la construcción, creo que es al menos inoportuno y que el planteo tiene una cantidad de calificativos subjetivos que solo servirán para que quien esté pensando en hacer una torre en Buenos Aires, se autocensure y termine buscando otros mercados.

De lo contrario puede correr el riesgo de hacer un proyecto 100 % dentro del código y terminar con la obra paralizada por pedidos vecinales que usarán el artículo del decano para fundamentar sus reclamos. No olvidemos, además, que la gente suele llamar torres a casi cualquier edificio medianamente grande, sin distinguir perímetro libre de la tipología entre medianeras. Y los jueces que paran obras, tampoco suelen reparar en ese detalle.

* El autor es presidente de la Asociación Argentina de Directores y Profesores de Programas, Postgrados y Maestrías del Sector Inmobiliario y de la Construcción.