Asentamientos

La villa, entre el estigma y la realidad

Lo que se conoce como una villa encierra múltiples realidades. Dentro de un mismo barrio conviven cuadras que encontraron cierto progreso y tienen noción de presencia estatal, con otras lastradas por el narcotráfico y la exclusión. Viernes recorrió Zavaleta y el Hurtado, en Barracas. Mientras muchos piensan en salir, otros tratan de entrar. 

Por: Ariel Basile
www.ambito.com 03/10/2014

Lo transitorio se volvió permanente. Una solución pensada hace 45 años para salir del paso que se prolongó hasta nuestros días. Y que se seguirá prolongando. El NHT Zavaleta. Los vecinos lo nombran así: Ene Hache Te, por sus siglas, como a tantas instituciones y organismos hoy integrados al barrio. Las tres letras significan Núcleo Habitacional Transitorio, y éste se construyó en 1969, bajo la dictadura de Juan Carlos Onganía, en Nueva Pompeya, al sur de la Ciudad, entre las calles Alcorta, Iriarte y Zavaleta, una zona fronteriza con Parque Patricios y Barracas, con el Riachuelo de fondo.

Treinta y cinco "tiras". Unas treinta casas por "tira". Al principio, todas blancas, con dos habitaciones, baño, patio y comedor. Un administrador, al que los vecinos le pagaban una mensualidad para la adquisición definitiva de una vivienda (no esa, sino otra, prometida), custodiaba la homogeneidad de las construcciones. Ahora, la vista es distinta: el administrador no existe, las escrituras tampoco, las familias convirtieron los patios en más habitaciones, cada cual pinta (quien pinta) como se le da la gana. La espera de siete años ya lleva 45, y más allá de los límites del NHT ya no hay baldíos ni potreros. Los ranchos que asomaban lejanos invadieron terrenos hasta convertirse en un bloque sólido y caótico. Así nació la villa 21-24, la más grande y la más poblada de la Capital Federal: según el Censo 2010, en 66 hectáreas viven 45 mil personas. Aunque, en los últimos cuatro años, la cantidad de habitantes en las villas de la Ciudad creció casi un 70%, desde 163 mil que arrojó el Censo 2010 a 275 mil estimados en 2014 por el Gobierno de la Ciudad. En el NHT habitan 2.900 personas, de acuerdo con el censo, pero los vecinos calculan 4.500.

"Todos hablan de la villa de Zavaleta para hablar de la 21-24 cuando hay malas noticias. Pero no es así, Zavaleta es un barrio de obreros. A nosotros nos metieron acá y hasta pagamos por una casa. Ellos se metieron, tomaron las tierras", marca la diferencia un vecino que nació con el NHT. No es el único. A metros de allí se alza la capilla más importante de la 21-24, la de la Virgen de Caacupé, donde trabajan los curas villeros, referencia para los vecinos en más de un aspecto. El nombre de Caacupé, de origen guaraní, no es casual: se trata de la virgen protectora del Paraguay. "Son poblaciones distintas, con culturas distintas", explica un cura afincado en el barrio, que prefiere mantener el anonimato para no pegar su nombre a una vocación desinteresada. "La 21-24 se conforma principalmente de inmigrantes de países limítrofes, en su mayoría paraguayos y bolivianos. En Zavaleta casi todos son argentinos, hay varias generaciones de villeros con una cultura más tradicional", agrega. Y dice que si hay algo que atraviesa la identidad de los habitantes del NHT es la decepción por la promesa incumplida, un estado de abandono que llevó a una mayor desintegración social. Sólo 6 de las 35 "tiras" fueron mudadas a las construcciones definitivas. Las casas que no se hicieron se siguen sintiendo como una deuda que nunca se reparó.



Organización

"Es muy difícil entender la realidad de la villa si no la vivís. Hay cosas que no las entiendo ni yo, que hace 25 años que vivo acá", señala un comerciante que está en el límite entre el NHT y la 21-24, en Iriarte y Zavaleta, cuando intenta explicar una "pica" entre ambos barrios que "es histórica" pero que no es violenta. "Los pibes van a bailar a los mismos lugares, se cruzan todo el tiempo, y a nadie le conviene que esté todo mal. Sí puede darse alguna pelea, pero más por cuestiones personales", dice este hombre que también prefiere que su nombre no aparezca publicado. 

Los vecinos coinciden a la hora de evaluar que hubo avances en los últimos años, en especial en materia de infraestructura. Se hicieron obras que proveen agua, luz y cloacas, uno de los aspectos más críticos de la zona.Estela, de 42 años, tiene un jardín maternal en la "tira" 1 del NHT, en la entrada al barrio, sobre la avenida Iriarte. Funciona de 8 a 16 y acuden 44 chicos de edades que van de los 5 meses hasta los 5 años. El precio es 

de $ 100 por mes
. Eso y el sueldo de su marido le sirven para mantener a sus cuatro hijos, todos adolescentes. Estela nació en Lanús y en 1984 su papá recaló en la 21-24. Su esposo, Andrés, nació en Zavaleta. En los últimos tiempos ella se convirtió en una referente del barrio: es delegada de la "tira" 1 y junto con otros delegados se reúnen todos los viernes para tratar los problemas del NHT. Estela ocupó un vacío de referentes que se dio en el barrio, donde hoy, aseguran, ya no pesan los punteros políticos y no hay agrupaciones que sean una referencia indiscutida. "Llegaban chicos con forúnculos, infecciones y enfermedades de todo tipo y nos pedían ayuda. Las madres me decían: 'Vení a ver cómo vivimos'. Las cloacas desbordaban. Empecé a moverme con mails desde el locutorio y con cartas para que hicieran obras. Hoy esas obras se están haciendo, se colocan caños aliviadores y eso también le da trabajo a gente del barrio", cuenta Estela, alternando mates con la entrega de los chicos a las madres que a las 16 empiezan a golpear la puerta de su casa/jardín.

La mujer resalta la organización entre los vecinos, antes débil, para modificar la realidad del barrio. Es uno de los rasgos positivos que ponen de manifiesto y que remarcan para eludir la estigmatización: son los mismos habitantes del barrio los que se preocupan, los que buscan trabajar. "A nosotros nos gustaría poder mudarnos, pero no podemos, llegamos con lo justo a fin de mes. Son muchos los que se quieren ir, pero hay otros que nacieron acá y prefieren quedarse", sostiene Andrés, su esposo. 

"Ahora hay más servicios, eso está bien, al menos hubo mejoras en cuanto a confort y comodidad. Hay luz, agua, algunos tienen televisión satelital o internet. Hay planes de asistencia social que funcionan, clubes, desarrollo cultural. También hay personas que en los últimos años accedieron a bienes: camioneros, operarios que sacaron su cero kilómetro en cuotas y que hoy no les falta la heladera ni la televisión", narra otro comerciante, Miguel, con 20 años en el NHT. Algunos de esos planes, como el de Seguridad Alimentaria, permiten realizar compras en supermercados mediante tarjetas de débito, hecho que también movilizó el consumo. "Están los chinos y cadenas como Día; en el barrio también hay varios almacenes, que venden los productos un 20% más caro", detalla Miguel. 

"No sé si se vive mejor que hace diez años, sí hay cosas que funcionan mejor: los comedores, los centros de recuperación, los jardines, la asistencia a los ancianos. No es la situación ideal, pero por lo menos hay otra contención", dice Rubén, que vive en la capilla de Caacupé. Rubén es actor y vivió diez años en Barcelona. Una separación que derivó en una profunda crisis emocional lo devolvió a la villa donde creció. "Cuando estás mal y solo, el alcohol es un buen compañero", cuenta, y agradece no haber caído en "problemas con la pasta base", como otros amigos que sí consumieron. Su situación lo llevó a pedir ayuda en el centro barrial San Alberto Hurtado, uno de los Hogares de Cristo que funcionan bajo la órbita del Arzobispado porteño. Rubén también resalta la organización entre los vecinos, y pone como ejemplo las ollas populares que se preparan todos los lunes a la noche. Hoy, ya recuperado del alcoholismo, realiza trabajos sociales y hasta hizo cursos de resiliencia para ayudar a los que la están peleando.



El Hurtado

En Monteagudo al 800, a metros de las vías del tren y a seis cuadras del Parque Patricios, funciona "El Hurtado". Recibe a quienes tienen problemas de adicción al paco. Pasado el mediodía, una treintena de personas almuerza fideos con salsa. También hay una cancha de fútbol, con césped sintético, desde donde llegan los gritos de quienes están jugando. La asistencia fluye desde varios ángulos para casi 250 jóvenes y adultos: hay talleres, actividades recreativas, trabajadores sociales y psicólogos. "Trabajamos con un sector que no es representativo de la villa en su totalidad. Asistimos o, como nos gusta decir, alojamos a personas con consumo problemático de drogas. Aquí mismo realizamos las derivaciones a centros de internación cuando lo creemos necesario", dice Daniela, una psicóloga del Hurtado. Agrega que el acompañamiento continúa durante la internación, pero fundamentalmente en la salida. "No se trata sólo de dejar de consumir sustancias psicoactivas, sino de acompañarlos en la construcción de la vida, enque sostiene el lazo social, como la escuela, el trabajo, las diferentes actividades que realizan. Esto es clave para evitar la vuelta al consumo", aporta Daniela. 

Sobre la Avenida Alcorta se ven los "fisurita", como los denominan los mismos vecinos. Son como zombies, con la mirada perdida y en un estado de abandono que los corre aún más del margen en el que deambulan. Descalzos, están tirados contra los paredones bajo la tormenta que se acaba de desatar, como si no sintieran caer el agua. Pasan policías de la Metropolitana en bicicletas y los esquivan. El crecimiento de la drogadicción es el mayor problema que observan en Zavaleta y en la 21-24, aunque no dejan de aclarar que los "fisurita" no viven ahí, sino que llegan del conurbano y de otros barrios y se quedan días, semanas, incluso meses, para estar cerca de los puntos de venta. "Si pasás a la mañana por la parada del 188 vas a ver que bajan veinte pibes juntos. Esos vienen a comprar y se quedan por acá", dice un vecino del NHT que trabaja como policía en la Federal. "Es raro que roben, lo más probable es que pibes del barrio le roben a ellos, en especial si los ven solos", cuenta.

Pese a la mayor presencia de Gendarmería y de la Metropolitana, el negocio no se detiene y los vecinos prefieren mirar para otro lado. Creen que denunciar sería perjudicial para su tranquilidad. Se sabe que hay narcos en la villa y que los "kiosquitos" se multiplican. "Hay kioscos por todos lados, a determinada hora es imposible que la Gendarmería pueda controlar porque la cantidad de puntos de ventas es inmensa, son muchos recovecos y zonas de conflicto", dice el comerciante de Iriarte y Zavaleta, que no deja de lado términos como "connivencia" y "corrupción". 

También hay enfrentamientos. Estela, del jardín, que tiene un puesto de Gendarmería en la vereda de enfrente, narra historias en las que llegan camionetas 4x4 y sus ocupantes "empiezan a los tiros". Entre las escenas de violencia de este lugar en el mundo que más trascendieron está la que terminó con la muerte, hace un año, de Kevin Molina, un chico de 9 años que recibió un disparo en la cabeza cuando se enfrentaban dos bandas. Agrupaciones barriales denunciaron que las fuerzas de seguridad nunca intervinieron. Esto ocurrió en la "Plaza Kevin", que no se llama así por él, sino por otro Kevin, otra víctima infantil que también resultó muerta de un balazo en circunstancias parecidas. Paradojas en medio de la tristeza. 



Estado

Al igual que Estela, Miguel, comerciante, llegó al NHT en 1984. Tenía ahorros para comprar una casa en Lanús, pero la inflación de ese año, de casi el 700%, hizo que aquella plata no le sirviera de mucho. Se fue a vivir a Zavaleta. Miguel salió a flote con su comercio y volvió a tener ahorros en 2001. La lección anterior le dejó una enseñanza: no apostó al peso ni a los bancos. Se hizo de dólares y pudo comprarle a su hija una casa en Pompeya, afuera de Zavaleta. Él se quedó.

Entre experiencias como esa, la eterna promesa de la vivienda definitiva, la exclusión y el abandono, para muchos el Estado es mala palabra. Pese a que en los últimos años hay una aparición inédita de organismos y dispositivos estatales, tanto nacionales como municipales.

La presencia de Gendarmería y de la Metropolitana, que acompaña a las ambulancias a la villa, cámaras de seguridad del Gobierno porteño en las avenidas, plazas y centros deportivos municipales, la Casa de la Cultura inaugurada por Cristina Kirchner hace apenas un año, la casa amigable del Hospital Público de Adicciones y Salud Mental (CENARESO) en un pasillo de la 21-24 para contener a los jóvenes son parte del combo. Se suma la interministerial creada hace tres años (funciona en el barrio con representantes de todos los ministerios nacionales para facilitar trámites y demás asistencias) y la "salita" que depende del hospital municipal Penna de Parque Patricios, donde también hay trabajadores sociales. Además, los vecinos mencionan a la SECHI, a la UGIS, al IVC, así, por las siglas. Todos organismos dependientes de Ciudad. El UGIS es la Unidad de Gestión de Intervención Social, y funciona para "urgencias", dicen, y se materializa en camiones que alivian las cloacas, por ejemplo. La SECHI es la Secretaría de Hábitat e Inclusión, y fue responsable de que este año se construyera una plaza y una cancha de fútbol. "Los pibes están ahí jugando y eso los integra, hace que no caigan en algunos vicios", afirma el policía federal, que vive en el NHT pero trabaja en un barrio lejano, al que llega después de un viaje de casi dos horas en dos colectivos. También hace adicionales en el conurbano, en Tres de Febrero. El IVC es el Instituto de la Vivienda de la Ciudad. Su rol es más polémico, ya que es el ente que alguna vez debiera construir las viviendas definitivas de Zavaleta y que tiene a su cargo las pocas que sí se hicieron: unos edificios donde se mudaron seis "tiras" y que está enfrente del jardín de Estela, quien aún espera.

Para algunos vecinos, esta avanzada estatal hizo que perdieran peso los punteros. Aunque, de todas maneras, el actor al que acuden cuando tiene un problema no es tanto el Estado como la Iglesia. "Lo estatal está, pero falta el fundamento. Lo que está roto es el contrato social, entonces la gente acude a nosotros, porque podemos contactarlos con instituciones que ellos ni saben que existen, o buscarles soluciones a las necesidades, que son las mismos de siempre", explica uno de los curas villeros, que prefiere aclarar con ejemplos: una mujer debía operarse y en el hospital le dijeron que comprase los tornillos de titanio, cuando hay mediaciones públicas que se encargan de eso. Otro: "A una mujer viuda, con su único hijo muerto, le agarra un ACV. Queda internada, y un vecino le pone la casa en venta. La fiscalía sin denuncia no podía hacer nada. En el barrio no hay escrituras. Se da todo fuera del marco de la intervención estatal, pero si de golpe aparecía un sobrino de esa señora el conflicto se hubiese resuelto a través de la violencia. Entonces, ahí estamos nosotros". 

Además de la capilla de Caacupé, el Hurtado es el lugar donde golpear la puerta cuando se requiere de ayuda. Los curas son un actor social de máxima relevancia en el entramado de Zavaleta y de la 21-24.



Trabajo

En la villa se observan construcciones recientes. Los vecinos consultados declaran, sin que surja ninguna pregunta, que la venta de droga tiene una estrecha relación. "Donde ves casas de varios pisos, con loza nueva, es porque hay algo raro vinculado a la droga. Yo quiero arreglar el techo hace un año y no puedo... fijate", dice un vecino, que, claro está, pide reserva. Algunas de esas casas tienen piezas para alquilar. El precio de una habitación con baño compartido ronda los mil pesos mensuales. Una casita con dos habitaciones no baja de los dos mil. Es un mito que en la villa se vive gratis. A veces, incluso, resulta caro en comparación con los alquileres formales en otros barrios porteños. La explicación: quienes carecen de garantías, papeles, requisitos y del monto que se debe pagar por entrar a un departamento en concepto de depósito terminan recayendo en este sistema, que cobra mucho a cambio de poco.

Trabajo tampoco es lo que sobra. Félix tiene 60 años y hace diez que quedó desempleado tras 30 de operario en Bagley. Nunca más consiguió un puesto fijo. Hace changas para comprar lo indispensable, mientras espera la jubilación. Hay generaciones en Zavaleta que no conocieron la estabilidad laboral. En el NHT, dice Estela, hay maestros, enfermeros, contadores, policías y hasta médicos. "Es un barrio de trabajadores", insiste. Lo que no quita que haya delincuencia, acota su esposo Andrés. Éste, mientras camina por lo que denomina la "zona más caliente del NHT", saluda a unos muchachos. Después confiesa que no los conocía. Se toman ciertos recaudos. Dice que desde que está Gendarmería y las cámaras de la Metropolitana los delitos han bajado. Agrupaciones de la 21-24 tienen otro concepto: Gendarmería, para ellos, no es de fiar. Andrés cuenta: "Yo siempre trabajé, pero muchachos a los que conocía de chicos tomaron otros caminos. Algunos están muertos". El comerciante de Iriarte y Zavaleta, en el mismo sentido, opina: "Yo estuve en el fondo y nunca se me ocurrió robar, siempre trabajé". Miguel y Félix hablan de "valores" heredados. La droga, por supuesto, trajo más robos. Aunque todos concuerdan en algo: hay ladrones que se esconden en la villa, pero jamás vivieron allí. Y alimentan la mala fama del barrio.

Empieza a oscurecer. Las luces se encienden en el edificio que está frente al jardín de Estela en la "tira" 1. Allí están los pocos que recibieron las viviendas definitivas. Pasa un perro escuálido. "Acá hace treinta años había patos y una laguna. Hasta la naturaleza cambió", dice Andrés con algo de nostalgia. Una nostalgia marcada por la espera. n

@ArielBasile